miércoles, 30 de julio de 2008

MARIA, SALUS INFIRMORUM (SALUD DE LOS ENFERMOS)






SANTA MARIA, SALUD DE LOS ENFERMOS

Maria ha sido siempre venerada en su advocación de Salud de los Enfermos, motivo por el cual se alegran los cielos y se estremece completamente la tierra, porque bajo este título veneramos a Aquella misma que fue preservada del pecado, que concibió en su seno al Salvador del mundo y que cumplido el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

Ella, la llena de gracia, está unida de tal manera a su Hijo Jesús desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que se mantuvo sin vacilar al pie de la cruz. Así, María coopera activamente en el designio soteriológico de Dios proyectado desde toda la eternidad. El evangelista Juan, testigo directo de tan sublime escena, da testimonio de la fortaleza y valentía de Nuestra Señora en tan aterrador momento, cuando miraba el cuerpo destrozado de Cristo, en el momento en que se iba a consumar la unión de lo humano y de lo divino mediante la poderosa victoria del Verbo divino sobre el demonio y la maldad. Y es que nuestros pecados y nuestras malas acciones fueron la causa material que llevó a Nuestro Señor a sufrir el suplicio de la Cruz. Muy bellamente lo dice Sn. Francisco de Asís en su Admonitio 5: “Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados”.


Nos introducimos en un misterio que no podemos comprender plenamente de modo racional, debido a su carácter supranacional: el mal. Dios lo tolera y no por más terrible que sea el mal es menos real. Es una verdad bíblica la existencia del mal y del pecado que nace de la mala voluntad libre de las criaturas inteligentes creadas; verdad definida en el Concilio II de Orange que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal; asimismo es una verdad tangible y demostrable la finitud del hombre y nuestras malas acciones.

A pesar de ello, el hombre no está solo, no ha sido abandonado a su destino ni derrotado de antemano por el maligno o la adversidad. Sino que como nos dice el Concilio Vaticano II en su Const. Gaudimum et Spes (37): “A través de la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas, que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo”. Y en este proceso bélico contra el pecado Nuestra Señora nos acompaña a nuestro lado, cual Madre querida. Ella, velando por cada uno de nosotros, no permitirá que seamos vencidos por el mal. Y es que debido a la realidad hilemórfica del hombre, y los bienes y los males de este mundo atañen tanto al cuerpo y al alma. Sin embargo, aquí está precisamente el auxilio divino: no da una fortaleza espiritual que nos permite elevar nuestra naturaleza hasta el orden de lo sobrenatural.

Al pedir la proteccion de María, Salud de los Enfermos, recurrimos al amparo de Aquella ante quien los demonios huyen. Realidad bastante crueldad ésta del mal. Basta con mirar a nuestro entorno y descubrir la enfermad y sufrimiento de la humanidad. Éstos se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud, entreviendo la muerte. Nuestro Señor no fue indiferente ante esta situación, ya que siendo el Médico por excelencia, sanó a los enfermos del cuerpo y del alma. Y nuestra Madre Santísima, la llena de gracia, asociada a tan venerable ministerio del plan salvífico de Dios, ruega incesantemente ante su Hijo por todos los enfermos.

¿Qué significa en definitiva que María es Salud de los Enfermos? Santa María, salus infirmorum, por su vocación de intérprete y conciliadora, entró en el orden de la unión hipostática del Verbo divino que en Ella se encarnó permaneciendo inmutable, firme y santo en la manifestación de la vida de criatura, pero por encima de los límites y de la fragilidad del hombre; por tales razones todavía presenta hoy Ella a Dios los méritos y las satisfacciones de las criaturas y derrama sobre nosotros los dones que robustecen el espíritu en aquellas virtudes terapeúticas que alivian los dolores, restablecen el equilibrio psico-físico y fortalecen y sanan la carne. Santa María, fue destinada por Dios a distribuir los frutos de la redención misma: la Virgen María que cooperó con Cristo para devolverle la salud al hombre, está llamada siempre a disponer de esa misma salud, que es santidad espiritual, pero también, salud íntegral.

Pero ¿Por qué invocamos a María con este título? Esta invocación mariana, de antiquisima tradición, es el decreto de asistencia a los hombres que Dios ha firmado mediante el sacrificio de su Amado Hijo. María Salud de los enfermos es señal constante de la revelación de la irrupción de nuestra Madre en la historia de la Iglesia. Esto ha quedado muy marcado en la fe de la Iglesia desde los primeros tiempos. Cerca de los años 250 la Bienaventurada era saludada por la comunidad romana “auxilium et solamen nostrae infirmitatis”. En el año 256 el Sumo Pontífice Esteban I escribía a Basílides, obispo de León y Astorga: la gracia y la salud nos llega por mediación de María. Los Padres Latinos y Orientales la consideraban llena de gracia, defensa de la salud del Hombre. Son muchos los antecedentes patrísticos: Pedro Crisólogo, Sedulio, Venancio Fortunato, Fulgencio di Ruspe, Cirilo de Jerusalén, Pseudos- Gregorio Niceno, Romano el Melode y Proclo de Constantinopla. El Akathistos canta: Eres Vida, oh Casta, por ti has dado la vida a quienes te ensalzan… Ave, por ti el dolor se extingue… Ave, tesoro inagotado de vida… Ave, medicina de mis miembros…

El Magisterio de la Iglesia siempre ha defendido la doctrina de que María es salud de los enfermos. Conviene citar dos documentos que, aunque no está explícitamente formulada en cuanto tal, son contundentes: LG 56: así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuirá a la vida. Por eso, no pocos padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe"; y comparándola con Eva, llaman a María Madre de los vivientes, y afirman con mayor frecuencia: "La muerte vino por Eva; por María, la vida". La Encíclica Marialis cultus 57 nos dice: “la Virgen, contemplada en su vicisitud evangélica y en la realidad ya conseguida en la Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la desesperanza, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte”.

San Juan Bosco decía: “En esta vida tenemos necesidad de una medicina que nos preserve de toda suerte de males: Y ¿qué mejor medicina, qué remedio más eficaz que esta Reina de los Cielos, justamente llamada por la Iglesia “Salus Infirmorum: Salud de los enfermos?” Tenemos, asimismo, necesidad de una buena medianera, de una abogada poderosa, de una Madre llena de piedad que con sus ruegos, con la suavidad de su amor aplaque la ira de Dios, desarme su mano y nos obtenga misericordia y perdón. Y es María, precisamente, esta Abogada, esta Madre: Abogada nuestra, Madre de misericordia, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra”

Las lecturas de hoy nos ayudan a comprender la acción redentora del Siervo de Dios, una experiencia de dolor y de sufrimiento, en donde acepta el sufrimiento vicario por toda la humanidad. Todas nuestras carencias, dolores y enfermedades han sido depositadas en la persona del siervo doliente para que podamos ser liberados del mal y poder entrar en comunión con Dios mediante la gracia, para poder así cantar al unísono: “Bendice alma mía al Señor, él cura todas tus enfermedades”. En esta asociación íntima en el orden de la salvación, San Lucas nos dice que María tiene un papel activo, ya que se encuentra en un lugar privilegiado, estando a la derecha de su Hijo. Ella proclama las maravillas del Dios misericordioso que auxilia a Israel su siervo. No hay ningún mal o enfermedad que Dios Todopoderoso no pueda remediar. Ella es la “bendita entre todas las mujeres” que quiere la perfecta salud física y espiritual para nosotros, sus hijos.

Para concluir, conviene recordar cómo es una realidad los milagros obrados por la intercesión de María Salus Infirmorum. En el aconteciemiento guadalupano, Santa María de Guadalupe le dijo al tío de un humilde azteca San Juan Diego: ¿No soy yo tu salud? El resultado lo conocemos: la milagrosa curación del Tío Juan Bernardino quien se encontraba en una terrible agonía.

Pidamos su protección maternal y que nunca nos abandone durante el tiempo de nuestra vida y que no nos confíe a ninguna protección humana, sino que ella misma se encargue de curarnos. Consagremos todas nuestras dolencias e incomodidades a Nuestra Madre Santísima, ya que ella será nuestro alivio y nuestra ayudante. Invitemos a todos los hijos de la Iglesia a ponerse en las manos de nuestra Señora que desde el cielo nos dice: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No soy yo tu salud?

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